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Se vendía su departamento…
Desde que falleció estuve esperando… Sabía que pasaría, la última vez que estuve en el departamento fue casi tres meses antes de que Werter falleciera. Los ambientes del depa, tenían ese día un olor como a canela, yo le hice algunas bromas sobre eso. Era según él, El ambientador, esa mañana, había estado a limpiar la señora Gerda. Él hizo algo temerario, canceló a la técnica que debía a cuidarle ese domingo por la tarde, Y a la que estaba de salida, le encargo que comprar algo para almorzar. Yo tenía miedo, sabía que estaríamos solos, eso me emocionaba, aunque yo era consciente de cuál era el estado físico de Werter. Hasta en Dos ocasiones le pregunté: ¿Estás seguro que no la necesitas? En referencia a la técnica que él acababa de cancelar, por qué a mí no me molesta que ella esté, agregué. Él me respondió con bastante confianza, que no la necesitaba, que podíamos estar solos. Me acerqué al andador, él me abrazó, acarició mi cabello, mi rostro, -no te preocupes, me dijo. Estaremos bien. No quiso que almorzáramos en las bandejas donde habían venido los alimentos, siguiendo sus instrucciones, busqué los platos, los enjuagué y los sequé con toallas de papel secante, igual, siguiendo sus instrucciones, serví en Los platos el contenido de las bandejas, busqué los cubiertos y en más o menos 20 minutos, todo ya estaba listo Y dispuesto. Werter, era un hombre elegante, siempre había sido muy bien atendido. Yo en cambio, soy muy funcional, no me he entrenado en la estética ni en la decoración, para mí es suficiente con que la comida no se caiga fuera del plato. Suficiente que esté disponible para comer. Y creo que eso me quiso decir, cuando me dijo que yo era muy simple, que las circunstancias, le obligaban a tolerar y a aceptar como usuales, situaciones que en otro momento… sencillamente eran impensables. Todo se desarrolló con bastante normalidad, nos reímos mucho mientras yo servía, Como siempre conversamos mucho y variado. En un momento del almuerzo, se atragantó, yo pasé un poco de miedo, pero felizmente fue algo de rutina. Estuvimos escuchando música, luego fuimos a su habitación y nos tendimos uno al lado del otro en su cama. Estábamos conversando y de pronto nos quedamos dormidos abrazados. A las ocho llegaría la técnica de noche, yo le acompañé hasta que ella llegó. Pedí un taxi me despedí de Werter y me fui del departamento, con una inexplicable tristeza. Una tristeza que no se debía a algo que había pasado, sino más bien a un presentimiento, la idea de que todo ya no volvería nunca más hacer como fue, que lo que estábamos disfrutando, debíamos disfrutarlo intensamente, porque probablemente, se acabaría.

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